La violencia de sentirse una presa de caza

sentirse violentada

Viajar en metro es un sutil ejercicio de voyeurismo. Si no vas jugando con tu móvil o embebido en la lectura de un libro, lo más fácil es que acabes observando a la gente que se encuentra en el vagón. Los hay más sutiles y los hay más descarados pero todos nos observamos.

Yo lo hago, con una especie de curiosidad antropológica: me gusta observar a la gente. Pero también sé que soy observada. Los hay que lo hacen sonriéndote, con intención de comenzar a coquetear y hay otros que me miran simplemente porque soy grande y no visto precisamente de forma discreta, como las señoras muy enseñoradas, que me miran de forma censuradora porque llevo deportivas con medias. Es lo que hay, todos observamos, lo asumo, pero también hay miradas que no te hacen sentir precisamente cómoda.

Hay miradas que te hacen sentir vulnerable porque te hacen sentir un objeto, una presa. Te hacen dudar de tu fuerza, de tu resistencia: te dan ganas de llorar mientras se te encoge el estómago y bajas la mirada para evitar que tus ojos se crucen con los de la otra persona.

El sábado pasado me lo tuve que cruzar otra vez en el metro y al muy hijo de puta parece que se le ilumina la cara cada vez que me encuentra. Va observando quién está en la estación y, ¡zas!, ahí estoy yo. Da igual donde me coloque al subir al vagón porque él irá hasta allí y se colocará a la suficiente distancia para poder mirarme perfectamente. ¿Cuánto? No sé, a unos cinco asientos, enfrente, y no despega la mirada de mí. Controla mis movimientos y es capaz de variar su ruta para poder observarme durante más tiempo.

No, no estoy psicótica. Ya me lo he encontrado en varias ocasiones y me he dado cuenta de ello. La fortuna de ser autónoma hace que no se sepa mis rutinas pero también me ha hecho comprobar esta peculiaridad de su comportamiento, lo cual me incomoda aún más y hasta creo que le gusta: creo que disfruta cuanto más violenta me hace sentir.

Y sin embargo, en el vagón me siento segura: tengo gente alrededor, gente muy cerca, gente que creo que me puede ayudar. Pero cuando me bajo me da pánico porque la proximidad con los que me rodean no es la misma en los pasillos de los transbordos ni en la calle, porque para colmo debe vivir en mi barrio. Me da pánico que me pueda pasar algo porque además es grande.

¿Por qué tiene que pasar algo así? ¿Por qué da igual sentirse segura y fuerte si todavía hay tíos que te miran y te hacen sentir como una presa, como un trofeo de caza?

Es una mierda.

[Imagen: Kaosbronazo]

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Esta entrada fue publicada el 28/10/2013 a las 11:11. Se guardó como Reflexiones y etiquetado como , , , , , . Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

6 pensamientos en “La violencia de sentirse una presa de caza

  1. Justo el otro día lo hablaba con Patchboy, que no se suele pispar de estas cosas. No porque me pasen a mí, ya que entre que mido metro y medio, que estoy rellenita y que voy a por uvas tengo como la capacidad de ser invisible. Por ejemplo, estaba en un spa sentada, llegaron dos tíos y ni me miraron. Cinco minutos después entró una tía buena y empezaron a decirle cosas, en plan “nena, ¿qué haces después?” y claro, me morí de asco porque es una pena tener que soportar esas cosas por algo tan arbitrario como tu físico.

    En tu caso no sé qué decirte porque tiene mala solución, a no ser que le encares y le digas algo así como “te he hecho una foto sin que me vieras y como me pase algo me chivo a la poli” pero no creo que tuviera ningún resultado. En fin, que es un horror estar tan indefensas 😦 (¿Te lo encuentras siempre de día o también de noche?)

    • Pero si te hablan, al menos tienes el recurso de contestarle, aunque sea hecha una borde. Lo de este es peor, porque sólo mira y si le dices algo probablemente la que quede como una psicótica soy yo.
      Afortunadamente sólo es me ocurre de día y en el metro, pero me parece que a la próxima que me ocurra, busco uno de los de seguridad o me voy donde las taquillas, que es lo que dicen mis amigas que haga. A mi favor tengo, por lo menos, que mi compañera de piso lo ha visto.

      • Bueno, es que lo de que las tías somos unas locas está patentado como excusa estándard para todo. A mí me pasó una vez (creo que cuando tenía 18 años y estaba más ternita) de un pavo que empezó a frotarse contra mi hombro, iba en el asiento de al lado de la puerta. Primer flipé porque no sabía lo que estaba pasando, luego intenté apartarme y por último le dije si se podía apartar. Me dijo que estaba loca pero el froti-froti bien qué se lo llevó, ¡qué asco!

  2. Hazle una foto descaradamente y si te pregunta ya le puedes contestar: es para ponerte en la pared de fotos de locos que me encuentro por el metro, y quien sabe!

  3. Hace cosa de dos años, en el metro de Barcelona, un negro decidió que la mejor manera de agarrarse a la barandilla era rodeando mi cintura. Esto puede pasar hasta que empecé a notar que me acariciaba la cadera. Le cogí la mano con parsimonia y la puse en alto exhibiéndola al resto del vagón, que iba bastante lleno. Mis amigas lo fliparon porque no se habían dado cuenta de la situación. El chico se separó y se bajó en la siguiente parada. Todavía me arrepiento de no haberle denunciado.

  4. Lucía Losada en dijo:

    Pues yo nunca te comento, pero ya sabes que te sigo (en el buen sentido, oiga), pero es que este tema tiene tela… ¿Sabes lo peor de esto? Lo peor es que te acostumbras a cosas parecidas a ésta, que las tomas como algo rutinario y la mayoría de veces ni siquiera lo recuerdas al día siguiente… porque pasa demasiadas veces. Si no eres mujer, no sabes lo que es. Si un tío se pudiera cambiar de sexo al menos por un día y soportar las miraditas, los comentarios y los cuchicheos (y no hablemos de cosas peores), seguro que se lo pensaba dos veces antes de hacérselo a otra persona.

    Yo la peor situación que recuerdo es un piropo bastante grosero sobre mi delantera de un cuarentón… cuando tenía quince años. Lo absurdo es que la se sintió avergonzada hasta las trancas fui yo, que tiene huevos.

    L. (“la señora que es una santa”)

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