Un parto como otro cualquiera

Estaba agotada, estaba enorme. Apenas podía verse los pies y cada vez que cambiaba de postura aquella enorme barriga se movía para hacer lo mismo que ella. El día anterior le habían obligado sus compañeros de oficina a que se cogiera ya la baja porque el parto estaba a la vuelta de la esquina y porque debía estar cansada, aunque su ánimo fuera inmejorable: ya se habían ido una noche a urgencias preocupados por las contracciones pero nada, ahí seguía su enorme tripa. Debía de estar a gusto porque ya tenía que haber nacido. Sin  embargo, la última vez que fue a consulta le dijo que si las cosas seguían así, provocarían el parto.

Aburrida, cansada y con pequeñas molestias, no había pasado un buen día. Harta de todo eso, se fue a la cama temprana. Como todas las noches, al tumbarse, desarropó a su marido con tanto movimiento en la tripa (el bebé debía ser Abebe Bikila) y se quedó dormida. Pero aquella calma duró poco porque a eso de de la una y media de la madrugada unas fuertes contracciones la despertaron. Esto ya no debe ser una falsa alarma, así que cogieron la bolsa y se marcharon a la Paz.

Cuando le dijo a su madre que daría a luz en la Paz ella no lo comprendió. Pero si estáis pagando un seguro, ¿para qué te vas a ir allí? le dijo, pero su decisión era inamovible: había ido allí durante el parto sin dolor, había visto las instalaciones y le había gustado. No había más vueltas que darle.

Llegaron y, efectivamente, el bebé ya había decidido que quería ver mundo. Eran casi las dos y media de la mañana y había llegado el gran momento. Y tanto: nada más entrar en el paritorio rompió aguas. Pero no se alegró. Aquel líquido no era normal: tenía un color extraño que la puso muy nerviosa, tanto que dejó de dilatar e incluso empezó a contraerse. Eran aguas turbias y eso suponía que el bebé podía tener problemas serios: físicos, cerebrales… Aquello no estaba dentro de cómo imaginaba su parto.

Los médicos trataron de tranquilizarla con sus palabras para que el parto no tuviera más complicaciones. No pasa nada. Sí, eso es muy fácil decirlo. Vamos a hacerle un análisis al feto ahora mismo y vamos a monitorizar sus constantes para saber cómo está. ¿Un análisis? ¿Cómo? ¿Pero eso se puede hacer? Y mientras su cabeza se debatía entre lo que podría pasar y lo que estaba pasando ya sabían cómo estaba el bebé: perfecto. Habían conseguido que no hubiera consecuencias. Habían conseguido que aquello fuera una pequeña anécdota dentro de su idea de cómo sería su parto.

Y así siguió su parto, hasta que por fin nació una rolliza niña berreando sin necesidad de que le azotaran en el culo. Y berreando estuvo hasta los tres meses pero esa es otra historia. La mala leche que tenía la niña, decía su padre.

Al cabo de dos semanas, supo de una amiga que también acababa de dar a luz en una clínica. Le había ocurrido lo mismo que a ella pero no tuvo tanta suerte: su bebé tenía graves deficiencias. Tenía una habitación para ella sola pero el equipo médico no tenía tantos medios. Ojalá hubiera tomado la misma decisión que tú.

32 años después aquí estoy, gracias a la sanidad pública.

[Imagen: Una mujer con sombrero]

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Esta entrada fue publicada el 11/04/2012 a las 9:00. Se guardó como Creación, Reflexiones y etiquetado como , , . Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

Un pensamiento en “Un parto como otro cualquiera

  1. No intentes convencer a Esperancita, la Botella y Marianín: aquí se ha parido por encima de nuestras posibilidades 😛

    PD: me ha encantado el artículo.

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