La falacia del género inclusivo

Reunir a un grupo de filólogos para que redacten un reglamento tiene su gracia: discuten el orden de las comas, los complementos circunstanciales y los verbos modales. ¿Te lo imaginas? Pues bien: piensa lo que ocurre cuando llega la hora de hablar de cargos y se topan con el género inclusivo. Eso fue lo que me ocurrió el miércoles pasado, en la comisión de reglamentos de mi facultad. Éramos ocho filólogos, cuatro mujeres y cuatro hombres, y no discutimos mucho sobre el tema: nosotros no lo íbamos a poner y si decía algo el gabinete jurídico, que lo hicieran ellos.

En este instante, más de uno se habrá echado las manos a la cabeza y dirá que somos unos rancios, pero esa anécdota dio para una pequeña reflexión filológica sobre ello, sobre todo a raíz de preguntarme a mí. ¿Por qué a mí? Pues porque el señor decano sabe de mis inclinaciones feministas y quería saber qué opinaba de esta decisión.

Sí, soy feminista, pero también soy filóloga y lo que yo observo en el funcionamiento intrínseco de la lengua se da de bofetadas con el género inclusivo, por una razón tan simple como es la economía lingüística. Por decirlo de alguna manera, los hablantes somos vagos, somos unos comodones, y siempre vamos a tender a eliminar todo aquello que nos suponga un esfuerzo y que no aporte nada al discurso. Ocurre con la ‘d’ intervocálica de los participios, con los procesos de metonimia y ocurrirá con el género inclusivo, pues es una tendencia antipragmática, que no hace más que dar informaciones redundantes que hacen el discurso tedioso.

Sí, es redundante: se repite la carga semántica con el único matiz de la distinción sexual. ¿Es pertinente? ¿El significado es distinto? Si creyera en la teoría morfológica que dice que ‘niño’ y ‘niña’ son dos palabras diferentes, quizás podría aceptarlo, pero no es así, pues por algo el género masculino también ejerce como género no marcado que engloba a ambos. Alguno dirá que eso es así por cuestiones de supremacía patriarcal pero… exactamente, ¿eso cuándo ocurrió? ¿En el principio de los tiempos? ¿Con la primera civilización? Pues resulta que la existencia del género en indoeuropeo es más que dudosa (de hecho, parece que lo que diferenciaba el género era seres animados e inanimados) y las diferentes familias de lenguas nacidas de este tronco común han dado soluciones distintas al tema de la distinción sexual, incluso entre las lenguas romances.

Los franceses optan por Madame le Président, los italianos hablan de Elsa Morante como scritore para dignificar el valor literario de la autora y en el español parecemos olvidar al usarlos el uso despectivo de algunos femeninos referidos a cargos profesionales, que hace un siglo se utilizaban para referirse a la esposa de ese profesional. ¿Qué es mejor y qué es peor? Pues ni lo ni lo otro, pues no son más que muestras de la vitalidad de las lenguas, de cómo evolucionan por el uso y por las circunstancias sociales, despojándolas de unas connotaciones y adoptando otras, así que remontarse al clan del oso cavernario para hablar de lo que ocurre hoy me parece un recurso contraproducente.

Eso lo que ocurre cuando sociólogas y politólogas hablan de lengua sin tener en cuenta a la filología: que planean batallas que están perdidas desde su planteamiento.

[Imagen: James Franco fotografiado por Terry Richardson para el magazine Candy]

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Esta entrada fue publicada el 18/01/2011 a las 9:30. Se guardó como Filología pedestre y etiquetado como , , . Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

8 pensamientos en “La falacia del género inclusivo

  1. Como feminista radical que soy, me parece un discurso muy acertado el tuyo. Una cosa es la lucha por las ideas, y otra muy diferente, la dictadura del lenguaje inclusivo para parecer tolerante. Me encanta tu blog. FAN

  2. Pingback: Tweets that mention La falacia del género inclusivo « Comer pensamientos -- Topsy.com

  3. luciano tanto en dijo:

    hola… / completamente de acuerdo. el problema que no son los filólogos quienes construyen la política, cuyo mayor fundamento (real) es el de hacer promesas, incluso de “igualdad”, mientras se le deja creer a la gente que eso depende de la “a” o la “o” con que terminan algunas palabras.
    en cuanto al italiano, es poco común lo de “scrittore” para una señora, cuanto mucho más corriente “il soprano” para una cantante.

    cordiales saludos

  4. Espera que me ponga de pie y te aplauda furibundamente: PLAS, PLAS, PLAS.
    Como bien dices, una cosa son las ideas que cada uno tengamos y otra bien distinta es el respeto a la lengua y a sus normas. A mí me sacan de quicio quienes tiran de “señoras y señores”, “alumnos y alumnas” o “los socios y las socias”; e igualmente me cabrean quienes, al ver una palabra que acaba en “o” o “e” inmediatamente forman por narices el femenino en “a”.
    Y no me parece igualdad, sino tontería.

  5. Rebeca Ruiz en dijo:

    Acabo de crear una página en Facebook, aunque me temo que de poco servirá xD

    http://www.facebook.com/pages/Presidentos-juezos-y-telefonistos-por-la-visibilidad-masculina/194675300544565

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