La pequeña

¿Cuántas trastadas has hecho hoy?
¿Por qué me dices eso?
Porque eres la pequeña, y las pequeñas hacen trastadas…

Desde hace unos meses me he acostumbrado a llamarla la pequeña y se ha quedado con el nombre, aunque tiene ochentaytantos años. Es mi abuela por parte de madre. Especifico su procedencia porque he tenido la suerte de conocer a mis cuatro abuelos e incluso a una bisabuela, pero ya está llegando el tiempo en el que voy a dejar de disfrutarlos, poco a poco.

Éste no parece ser el caso pero sí el de mi abuelo, su marido; sin embargo, yo a esa “persona” que queda no la reconozco como tal porque dudo mucho que eso sea vida humana, siempre dormido, casi sin comer, consumiéndose poco a poco. Es una existencia agónica que no reconoce a nadie, que no quiere nada y que está tomando la apariencia del pábulo de una vela, que cada vez es menor y alumbra menos. Mientras, a su alrededor, un sinsentido de visitas de sus familiares se suceden y, especialmente, las de mi abuela casi a diario.

Desde hace casi ocho meses, la rutina de mi abuela ha cambiado de un día para otro: ha dejado de tener esa reposada vida de jubilada a pasar casi todas las mañanas de aquí para allá, yendo al hospital y ahora a la residencia a ver a mi abuelo. Se nos ha cansado físicamente, se ha puesto pachucha, se ha desesperado ante la indolencia de mi abuelo y se ha alegrado cada vez que alguno de los médicos le daba una pequeña noticia favorable sobre su estado de salud. Pero ya no hay buenas noticias y sólo queda esperar.

De estas cosas nunca se suele hablar en las familias, bueno, en general, nunca se habla de la muerte con nadie. Si alguna vez se te ocurre mencionarlo, la gente se siente incómoda y procura cambiar de tema. Hace tiempo, probablemente coincidiendo con la muerte de mi otro abuelo, yo pensé en el día en que se murieran alguno de mis abuelos por parte de mi madre: daría igual el que fuera porque, en poco tiempo, el otro haría lo mismo. Se enfermaban a la par: uno la padecía y el otro se agobiaba, se ahogaba en un vaso de agua.

Pero, a veces, las personas más frágiles te sorprenden. Durante todos estos meses, buena parte de la familia nos hemos volcado con ella, nos hemos preocupado por que no fallara todo aquello que estaba en nuestra mano y así amortiguar el golpe, pensando en que ella, sus sentimientos, sus años, no aguantarían ese desgaste físico y emocional. Cuando está en casa, le echa de menos: se echa sus lloros cuando tiene ganas, se extraña de tener tanto espacio para ella en la cama… pero ya no es como al principio de todo ese proceso. Se dice que a los 21 días de asumir algo se genera un hábito y eso es lo que le está ocurriendo a mi abuela: mi abuela ya sabe lo que va a ocurrir y mi abuela ya sabe cuál es la sensación de vivir sola. Lo que le ha tocado.

Aún así, pese a esa resignación, sus achaques, sus años y nuestras discusiones (porque yo estoy a punto de cumplir 29 y ella tiene ochentaytantos), es mi pequeña, porque a veces parece una niña. Nos hemos peleado todo el verano con ella para convencerla de gazpacho y torreznos no es una cena equilibrada, la he hecho adicta a los frapuccinos de chocolate del Starbuck’s (fue capaz de ir allí un día y conseguir uno describiendo cómo era), da palmitas cuando le gusta mucho algo que le propones… para mí, es una niña grandota que hace trastadas, porque en más de una ocasión hace cosas que no debe, lo sabe y no nos lo quiere contar. ¿Qué le voy a decir? No puedo decirle nada porque me entra la risa, porque no deja de ser mi abuela, esa señora que ha criado a mi madre y a mi tío y que, en buena parte, ha hecho lo mismo conmigo porque era ella la que me iba a buscar a la guardería y me daba de merendar chocolate Nestlé con pan y la que se quedaba conmigo cuando estaba mala. Pero, en el fondo, también siento una extraña satisfacción porque me ha hecho ver lo bueno que hay en mí: no es mi sinceridad sino esta rara necesidad que tengo de hacer que la gente se sienta bien, procurándoles un apoyo casi imperceptible pero que está siempre alerta. No es decir cosas bonitas: es simplemente estar.

Muchas veces se pone mimosa y se abraza a mí, apoyando la cabeza sobre mi pecho. Entonces la veo tan pequeña…

(Imagen: ya he usado esta fotografía pero es que me encanta: Madre con su hijo, Tina Modotti)

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Esta entrada fue publicada el 11/02/2009 a las 18:58. Se guardó como Mi familia y otros animales y etiquetado como , , , . Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

Un pensamiento en “La pequeña

  1. supersalvajuan-11 de febrero de 2009 20:53
    La vida, que es así.

    ernesto51-12 de febrero de 2009 14:07
    Disfruta de tu abuela, no la protejas demasiado, ella sabe bien que es lo que quiere, lo que tiene y lo que puede esperar de la vida en cada momento, seguro. Lo único importante es saberse querida y comprendida. Al menos así pensaría yo si fuera la abuela.

    BARBITURICOS CON REBUJITO-12 de febrero de 2009 18:51
    siento lo de tu abuelo, ya lo sabes…por experiencia se que va a ser duro por los demas, por como veas a tu madre y a tu abuela. no creas que eres insensible…y a tu abuela, mimala,devuelvela lo que te dio y dale chocolate!!

    Madame Tafetán-13 de febrero de 2009 23:46
    Supersalvajuan: ya ves que si la vida es así: a la mañana siguiente de colgar esto se murió mi abuelo.

    Ernesto: mi abuela no deja de sorprenderme. Se ha desmoronado estos días pero ha estado mucho más entera que mi madre y mi primo. Tienes razón en lo que dices y creo que mi abuela se siente tal y como dices.

    Barbie: no le doy chocolate, le doy frapuccinos de chocolate que la gustan mucho más 😀

    Zeberio Zato-15 de febrero de 2009 13:29
    Siento lo de tu abuelo. Siempre es triste, pero creo que hay abuelos que hacen una cosa bien por encima de todas las demás: apagarse poquito a poco y hacernos más fácil soportar su pérdida.

    Por otro lado, qué suerte tiene tu abuela por tenerte y poder abrazarte. Seguro que disfruta eso mucho más que los frapuccinos.

    Tu comentario me ha recordado mucho a un blog que sigo desde que leí esta entrada:
    http://lopipeor.blogspot.com/2008/04/el-alzheimer.html

    No es mío, sólo lo prescribo 😉

    Madame Tafetán-15 de febrero de 2009 23:27
    Zeberio Zato: hubiera sido mejor un apagarse poco a poco un poco más grato, pero bueno, si tenemos que verle el lado positivo, mi abuela se ha hecho a la idea y eso la ha beneficiado.
    Gracias por la recomendación: ahora voy a leerla 😀

    Introspectre-16 de febrero de 2009 23:26
    Siento mucho lo de tu abuelo, niña… Eso y el post me pillan en un momento más sensible de lo habitual, y me ha emocionado. No pierdas la oportunidad de disfrutar de tu abuela todo lo que puedas…

    Madame Tafetán-16 de febrero de 2009 23:38
    Introspectre: ya ves, qué cosas, escribo esto y al día siguiente se muere mi abuelo. Lo tenía pendiente y la verdad es que si lo hubiera dejado esperar no me hubiera salido escribirlo. Pero creo que tengo abuela para rato así que ahora me toca disfrutarla a tope.
    Oye, vale que no nos conocemos, pero si quieres una “terapeuta” aficionada, escucho muy bien e invito a frapuccinos 😛

    Anónimo-17 de febrero de 2009 12:15
    Hola, siento mucho lo de tu abuelo, a mí me pasa algo más o menos parecido con mis abuelillos. Muchos besos. Cris explomera.

    Madame Tafetán-25 de febrero de 2009 13:58
    Muchas gracias, Cris. A ver si nos vemos 😀

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