Docere et delectare

Después de darle muchas vueltas a la cabeza y de pensarlo mucho, esta mañana no me he presentado al examen que tenía. Ya lo haré, ya habrá otra oportunidad (en este caso, sí). Todo el mundo me decía inténtalo, tú puedes, seguro que algo sabes, pero a estas alturas no me compensa sacar un simple aprobado, porque aún tengo la sensación de que puedo aspirar a más, aunque el contenido me resultara de lo más complejo. Me hubiera gustado pasarme por las tardes por la biblioteca, haber cogido libros con los que rellenar mis lagunas pero no pude: un nuevo proyecto en el trabajo (y una nueva perspectiva de futuro para mí) llegó y salía tan cansada que no podía pensar en eso. Era incapaz de concentrarme. Se me caían los apuntes de las manos.

Quizás me tendría que haber quedado encerrada en mi casa desde el viernes pero ¿de qué hubiera servido? Alguno dirá que para aprobar pero es que yo voy más allá. ¿Qué es más importante en mi vida? A mucha gente le sorprende que, después de haber terminado dos carreras y estar ya trabajando, haya vuelto a mi facultad para hacer un máster sobre investigación en lengua española, tan poco práctico, tan alejado de lo que quiero “ser de mayor”. La razón es bastante simple y, si se quiere, bastante tonta: quiero ser la más lista. Pero no todo puede ser, la ingesta masiva de apuntes sin más no tiene sentido si pierdo por el camino a la gente, si me quedo encerrada en un torre de marfil de saber infecundo y aislado. La verdad: me he dado cuenta de que prefiero saber un poquito menos porque, a la larga, me quedan los buenos (e incluso los malos) momentos que paso con mi alrededor.

Había una vocecita, muy lejana, que me decía deberías haberte quedado, pero mis dudas y mis problemas ya estaban por ahí, pululando, dando por culo y desanimando. Algunos me decían que me quedara la noche del domingo al lunes estudiando pero tampoco esa era la solución. Hubiera llegado el lunes y hubiera hecho un examen mediocre, con pocas horas de sueño y la sensación de haber perdido buenos momentos, enclaustrada en mi casa, despeinada y en pijama.

VIERNES: pasé tres horas en la peluquería arreglando el desastre capilar que había en mi cabeza. Mi pelo ya no se me hace un lío cuando me lo cepillo, lo tengo de cuatro colores y me lo aliso. Como siempre que hago esto último, las precipitaciones vuelven a mí pero causo sensación por lo infrecuente que es ese look

SÁBADO: Natalia me llama para que me tome una caña con ella para celebrar su cumpleaños. Tras un “tira y afloja” en el que acaba tomando parte hasta su novio, me voy con ellos. Hace tanto que no la veo, ni a Edu, otro compañero de la facultad. A los cinco minutos de estar allí la vocecita me da igual; me siento rozagante. Me rio tanto en tan poco tiempo…

DOMINGO: la vocecita está afónica y yo ya tengo muy claro que eso es imposible: cojo los papeles y se me caen. Seamos realistas: la mediocridad no es lo tuyo, nena. Si alguien me propone algo esa tarde lo voy a hacer porque morirme de aburrimiento y abulia me parece la peor muerte posible. Me mojo los pies, me pierdo, me empequeñezco y tengo una pequeña sensación de fracaso pero, aún así, merece la pena.

LUNES: pese a los ánimos del novio de Natalia, a las 11’30 era el examen pero yo ya estaba en la oficina, currando. Esa extraña opresión, esa carga inútil ya no existe. Sí, es lunes, las hormonas están dando por saco y está resultando un día bastante bodrio, pero la vocecita ya no existe (ha decidido pasar de mi culo) y parece que ya nada se me cae, que todo marcha.

O mato a la vocecita o decreto que se prohiban los domingos, pero es una pérdida de tiempo sentirse tan mal. Menos mal que siempre suele haber otras opciones…

(Imagen: El reloj de la escuela, Robert Doisneau)

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Esta entrada fue publicada el 02/02/2009 a las 14:49. Se guardó como Yo y mi circunstancia y etiquetado como , , . Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

Un pensamiento en “Docere et delectare

  1. supersalvajuan-3 de febrero de 2009 16:50
    A esa voz la puedes envenenar de vez en cuando. O llevártela de tequilas.

    Madame Tafetán-4 de febrero de 2009 10:15
    Supersalvajuan: no hay mejor sordo que el que no quiere oir 🙂

    Morlaa-5 de febrero de 2009 12:01
    me he sentido en cierto modo identificada por tu relato, lo que pasa es que yo sí que me presenté al examen, y creo que hubiera sido igual no presentarme, pues no creo que obtenga muy buenos resultados de él.
    En mi caso me propongo demasiadas metas, y no es que luego no pueda cumplirlas, sino que para cumplirlas tengo que currarmelo demasiado y al final cuesta mucho!
    la voz en mi caso es muy potente 😉
    un beso!!

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