La última oportunidad

Me pongo nerviosa cuando me acarician, cuando alguien me mira embelesado (en no sé qué), cuando parece que nada existe excepto yo. A duras penas, cuando esa persona me dice lo guapa que estoy hoy, contesto que una no ha hecho nada más que sacarse partido. Me pongo nerviosa porque no me gusta.

La última vez que nos vimos volvió a hacerlo. La vez anterior focalizó su atención en una horquilla que llevaba, con una flor roja. En la última, si no recuerdo mal, empezó a apartar el pelo de mi cara y así estuve un rato, con mi cabeza entre sus manos. Vaya pérdida de tiempo, pensé. ¿Qué se hace en estos casos? Parecía un adolescente que acaba de conseguir su primera cita con la chica que le gusta, pero esta similitud dista mucho de lo que es realmente: pese a su síndrome de Peter Pan ya ha pasado los treinta y yo no dejo de ser la otra.

Aquella noche volví a mi casa pensando que qué demonios le pasaba, que por qué volvía a comportarse como al principio, como cuando salíamos, porque yo fui la anterior. No deja de plantearse que la va a dejar y le pregunto que qué va a ocurrir. Parece ser que está hecho un lío: al cabo del tiempo, después de que él fue el que me dejó, dice sentir por mí una fuerte atracción, más que física, que no termina de reconocer. ¿Cómo te quedas? Después de tanto tiempo, después de lo llorado, cuando ya sabes que aunque volvierais no funcionaría por tu parte, cuando deja de atraerte físicamente y sólo accedes como mera distracción, él decide que eres más.

¿Cuándo lo descubrió? ¿Se fue y volvió? ¿Es algo nuevo? Ya no soy la de antes, ya no soy complaciente: me enfrento a él, le gruño, le rechisto. Pero decido ser “buena” y darle una oportunidad: me planteo esa hipótesis, acepto la posibilidad, exijo no ser ni un pasatiempo ni su terapeuta, no quiero tirar constantemente de él. Hay que hablarlo, ¿no?

Lo entiende. Habla con ella. Se dejan o eso parece. Deciden seguir en el mismo piso, de momento, pero durmiendo separados. Vuelven. Hablan de nuevo. Lo mejor es que él se marche durante unos días a casa de sus padres. Se plantea marcharse a su pueblo para reflexionar sobre su vida. Deberíamos hablar, para que tengas todos los puntos de vista, ¿no?
Pero al final no se va. Habla con ella y deciden irse juntos a la playa. Perdona. ¿Qué? Es cierto, deberíamos hablar, pero hace tiempo que llevamos diciendo esto y al final quedamos y nunca decimos lo que realmente sentimos. ¿Cómo?

¿Perdón por qué? ¿Qué es todo lo que le he dicho hasta ahora? ¿Pamplinas? ¿Mentiras? No, claro, seguimos manteniendo su hipótesis inicial, ¿verdad? Estás enamorada de mí pero no lo reconoces. ¿Por qué sólo existe esa opción? ¿Cómo se puede ser tan egoísta? Me lo he planteado, he concluido que no sé que sentía al principio, me disgustaba, pensé en pedirle que volviéramos, me cansé de esperar, me di cuenta del error, dejó de atraerme físicamente, amigos sí, más no… ¿Todo esto qué es?

Es absurdo: la incoherencia de su discurso le traiciona. He pasado de ser una buena amiga a “ese oscuro objeto de deseo”. Miente, siente miedo o es un cobarde. Dará igual su infelicidad porque seguir con ella es lo correcto, lo que se le exige, aunque en el fondo tenga un punto enfermizo. Con una crisis se fueron a vivir juntos, con la siguiente se casarán. Cualquier otra posibilidad es mejor negarla.

La última oportunidad ya ha pasado.

(Imagen: Helen, Imogen Cunningham)

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Esta entrada fue publicada el 21/07/2008 a las 21:37. Se guardó como La educación sentimental, Los hombres sin atributos y etiquetado como , , . Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

Un pensamiento en “La última oportunidad

  1. peralta – 1 de agosto de 2008 10:59
    Ufff, vaya post…

    A veces cuando no sabemos lo que queremos nos da por marear a las personas que tenemos cerca. Así que más vale estar lejos 😛

    El aprovechar las crisis para dar un paso más… me es de sobra conocido y al final la realidad te da en la cara. O al menos a mí.

    Ánimo.

    Madame Tafetán – 1 de agosto de 2008 17:45
    Gracias 😀
    Ya le dije en su día que no me mareara, pero aún así lo hace, en fin… que haga lo que quiera, yo ya he dicho basta y ya no pienso ser clemente.

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