El pequeño vicio de oler

Soy miope.

El otro día, en la revisión médica de la empresa, me dijeron que estaba un poco sorda del oído izquierdo: pues vale, ya será menos. Sí, sí, es así porque me conozco y yo sé porque ha salido ese resultado: sigo muy mal las instrucciones que me da la gente y me dio el momento filosófico en la prueba y no sabía si decir que sí cuando sonaba o afirmar que lo había oído, con lo cual unos cuantos pitidos se me pasaron.

Sé que, con los años, se pierden matices en la percepción de ciertos sentidos, pero me resulta curioso que se dé prioridad a unos sobre otros. La vista, el oído… ¿y por qué el olfato no? Es un sentido muy práctico: gracias a él, sabes cuando tu comida se está convirtiendo en algo más que el ínclito socarrat o cuando toca cambiar al bebé de turno; incluso te puedes ganar la vida gracias a él. Si ese fuera el caso, el que yo tuviera un olfato prodigioso, estaría en otro sitio ganándome la vida como perfumista, claro está; pero sin ser así, la posibilidad de oler me depara pequeños placeres cotidianos.

Muchas tardes, cuando iba a clase de francés o a mi tienda de cuentas favorita, me sorprendía pasando por delante de una pescadería. Ya estaba cerrada, pero ese aroma casi nauseabundo permanecía allí. Podía haber tomado otro camino: en verano, es en esa acera donde da la sombra, pero en invierno, ¿qué sentido tiene en invierno? Ni era obligatorio ni yo soy masoquista, pero me resultaba curioso el que no me importara, el que me pareciera incuestionable que oliera así. Yendo a los puestos de los mercados, a las grandes superficies, a la sección de congelados, me doy cuenta de que “necesito” que sea de esta manera y es que me acostumbré, cuando era pequeña, cuando apenas tenía 4 ó 5 años, cuando iba con mis abuelas a hacer la compra, a que aquello se cumpliera con la rigidez de un silogismo. Sin querer, mientras jugaba con el cangrejo que se había escapado de la cesta, aquel olor se metió en mi cabeza y me gusta imaginar cómo serán otros mercados. Imaginar. Imaginarme a mi madre cuando estaba metida en la cama, porque durante toda mi niñez mis sábanas estuvieron impregnadas de Lou-Lou, de cuando ella tenía que entrar muy pronto a trabajar y me daba un beso mientras yo estaba dormida. Oler pensar imaginar: era ella.

He convertido al habitual ejercicio de oler en una disculpa para la nostalgia. Sigo pensando en una amiga mía que se ha marchado a Salamanca cuando huelo en el metro uno de los perfumes de Donna Karan, pero con ese no tengo momentos tan divertidos como con el olor de ciertos hombres. Cuando me presente a la oposición de secundaria hace dos años, me daba igual las tonterías que estaba poniendo en el comentario porque olía al chico que había conocido hacía una semana, o en varios viajes de vuelta a casa, después del trabajo, de repente he levantado la vista del libro porque ha habido una especie de brizna que me ha recordado a él. ¿A quién? Al que toque en ese momento. Me cuesta saber de qué se compone ese aroma. Es limpio, sencillo, sin muchas complejidades, pero no sabría decir si es una mezcla de sudor, perfume o after-shave, o nada más que uno de esos componentes: sólo sé que lo percibo en muy pocos.

Sin pedir permiso, atraviesa mis fosas nasales y se deposita en mi cerebro, para volver cuando le dé la gana, para recordármelo en el metro, en plena hora punta, o en la cola del pan, o para hacerme creer que mi pelo huele a él sin ni siquiera haberlo tocado.

(Imagen: Alegoría del olfato, de Jan Brueghel el Viejo)

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Esta entrada fue publicada el 01/07/2008 a las 14:11. Se guardó como Otros pequeños placeres y etiquetado como , , , . Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

Un pensamiento en “El pequeño vicio de oler

  1. Anónimo-2 de julio de 2008 12:04
    Uno de los mejores post del blog. Sencillo, sincero.

    supersalvajuan – 2 de julio de 2008 14:59
    En las clases de francés. Eso me recuerda a cariño he encogido a los niños: “en la clase de francés”. Joder, que viejo soy

    Madame Tafetán – 3 de julio de 2008 18:46
    Al que sea (una pena no saber quién eres), muchas gracias por considerar que es uno de los mejores post.
    Supersalvajuan: anda, anda, el que se llama viejo, si creo que tú y yo sólo tenemos una diferencia de 3 añitos. Y ahora que lo has dicho, sí que recuerda un poco a esa peli, aunque lo mío sí que es cierto 😦

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