La venganza de la ropa interior femenina

Desde que era pequeñita, siempre he tenido una relación un poco controvertida con mis pechos. Cuando aún no conocía en mis carnes el significado y las consecuencias de la pubertad, mi abuela me torturaba diciéndome: “Hija mía, tú vas a ser como yo: vas a tener mucho pecho”. Yo me horrorizaba ante aquella exuberancia mamaria que había servido de extraño entretenimiento de mi primo y de mí cuando éramos canijos, metiendo papeles en el canalillo, y siempre acababa reaccionando de la misma manera: “¡Pues me operaré! Me operaré y me quitaré pecho”. Con los años comprobamos que mi abuela era mi abuela y no una pitonisa y, en vez de heredar su ciento y pico, heredé de mi otra abuela unos tobillos casi inexistentes.

La mastoplastia no ha tenido lugar, ni en un sentido ni en otro, porque el resultado de esta parte de mi cuerpo ha sido una talla standard, que según cómo estén colocadas, les hacen más ilusión unas veces que otras. ¡Ay, ilusos! La ropa interior femenina es perversa, no porque esté confeccionada con cuero y tachuelas, sino porque es el mayor trampantojo de la modernidad.

Mi madre, en un momentazo de estos de madre que piensa que hace algo en beneficio tuyo, le encargó a una compañera suya de trabajo que iba a ir al mercadillo un “sujetador” de estos especiales para ir con hombreras, escotes palabra de honor y espalda descubierta. Con toda su ilusión me dio la caja y yo me quedé pensando qué hacer con aquello. ¿Que qué hice? Probármelo, claro está. ¿Y si aquello era un gran invento? Pero no: aquellas cosas de silicona que fijan y sostienen eran como ponerse dos pechugas de pollo que, para colmo, requerían de un corchete que te permitía abrocharte las tetas. Yo me miraba desde arriba (preferí evitar el espejo) y me resultaba de lo más extraño el tener aquello pegado, cuando empecé a notar algo raro: el olor. Aquellas prótesis enmascaradas de “solución definitiva” estaban perfumadas con aroma de rosas. Supuse que el perfume era un detallazo por parte del fabricante porque las situaciones de escasez de tela para las cuales estaba indicado su uso era en verano y, claro, imaginaos lo que se debe sudar con unos plásticos ahí adheridos. Con mucho cuidadito me quité aquello y lo coloqué en la caja de nuevo: no sé qué ha sido de ello pero me quedé con la incógnita de saber qué se le pasaría por la cabeza al que lo viera y no lo llevara puesto, es decir, a un tío que en un momento de pasión descubra aquello al despojar a la fémina de su ropa. Ni corta ni perezosa le pregunté a un amigo y me contestó lo que yo me imaginaba: se le bajaría la líbido de manera irreversible.

Así que desde entonces disfruto comprando sujetadores de flores y bragas de colores con las que combinarlos, con la única pretensión de que sean cómodos y bonitos y no me hagan sentir tal bochorno. Y hablo de bragas de las sencillitas, de las de 95% algodón y 5% elastano, porque prefiero no experimentar el embutimiento del tanga asomando por la cintura del pantalón, con la etiqueta de Inditex desplegada al viento entre tres lorzas de carne que se suponen que eran mi culo.

Humillaciones: las justas.

(Imagen: Mainbocher Corset, Horst P. Horst)

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Esta entrada fue publicada el 28/04/2008 a las 13:13. Se guardó como Optando por la ironía, el surrealismo y el absurdo y etiquetado como , , , , , , , . Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

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