Pido la excedencia…

En su día me hice la promesa de no tratar este tema, pero claro está que las promesas están para romperlas. Yo no quería hablar de política porque me resulta un tema extremadamente peligroso en el que todo el mundo cree tener la razón, pero lo de hoy ya me ha sobrepasado y no puedo quedarme callada. Si me meten un dedo en el ojo me quejo; si ofenden a mi inteligencia me quejo.

Cuando estaba a medio camino entre el colegio y la universidad, tenía la costumbre de decir que había mañanas en que me levantaba afrancesada y otras en las que era una anglófila ferviente. Manías que te dan en ese momento en que tu identidad empieza a forjarse, porque realmente no tengo razones de estado para sentirme de un país o de otro. Sólo creía tener una extraña afinidad porque Francia y Londres me fascinaban, como lo siguen haciendo ahora. Sin embargo, ya no me da por decir semejantes patochadas y si tuviera que decir algo, diría que soy europea, porque tengo todo lo bueno y todo lo malo del viejo continente: el bagaje histórico y a mi pesar, el pensar como si Europa fuera el centro. Ahora bien, relativicemos: este hecho no deja de ser una circunstancia espacio-temporal, porque he nacido aquí, me han educado según una tradición y porque sigo viviendo aquí. Es mi hábitat, y aunque parece que el hombre es un animal mucho más evolucionado, yo me sentiría muy rara si tuviera que irme a vivir a cualquier otro país, como un tigre en Navacerrada.

La cuestión es ¿me debo sentir orgullosa de un hecho circunstancial, me debo dar golpes en el pecho y hacer patria allá por donde voy? Pues la verdad, tengo entendido que vivo en el siglo XXI, vamos, que han pasado casi dos siglos desde el resurgir de las conciencias nacionales con el Romanticismo, y no me apetece tener un concepto autárquico de la nacionalidad, que me obligue a buscar esencialismos chapuceros de hace años, casi de comedia de capa y espada. Y no me refiero tanto a los movimientos nacionalistas, a los que tiendo a disculpar pues merecen el reconocimiento del que históricamente se les ha privado, como a la exaltación de un concepto de país que acepta mal el cambio. O por lo menos, así es como lo ve ese ex-presidente que Fidel Castro tuvo tanto acierto de llamar führecito, que no sólo no se ha dado cuenta de que la historia española ha tenido muchos pueblos en su haber, y muchos errores por intentar reprimir esa diferencia, como tantos otros países que también han pecado de lo mismo. Ni somos tan buenos ni somos tan malos, del montón, como todos en el fondo. Álvaro Mutis dice que la historia está ahí porque nos debe enseñar, pero hay gente que la entiende como mejor le conviene y acaba con los mismos efectos que si se automedicara.

Según parece, la verdad está por encima de la ciencia según su punto de vista, así que nos toca iluminarnos con la frágil luz de un candil. A lo mejor, como dice su amigo americano, ya no venimos del mono, ni siquiera del primer motor aristotélico. Pero de todas formas, no hay que preocuparse: siempre nos quedará el consuelo de que hay que ser español a jornada completa.

La verdad: ante semejante panorama, a veces me dan ganas de pedir la excedencia de ser española.

[Imagen: Muchacha asomada a la ventana, Salvador Dalí]

Anuncios
Esta entrada fue publicada el 24/10/2007 a las 18:49. Se guardó como Reflexiones y etiquetado como . Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: