La identidad o el lastre de la diferencia

Muchas tardes de fin de semana, que he quedado por Ópera para tomarme un café, he observado con pavor el público asistente a la sesión de tarde de la Joy Eslava. Si no fuera por la hora, por la luz del día, y porque ese no es mi hábito, hubiera jurado dejar la bebida porque veía doble, triple y todos los múltiplos que se os puedan ocurrir. Las adolescentes son clónicas, parecen una nueva clase de seres humanos surgidos de Un mundo feliz. Las ves en grupo y todas ellas llevan las mismas prendas de vestir, con los mismos colores (blanco, negro y rosa), combinadas entre sí, que parecen recién sacadas de un juego de estos de Diseña tu moda. Pero en el fondo, me hacían hasta gracia, y aún más después de ver el viernes pasado, en el autobús, a dos aprendizas de Paris Hilton. Sí, sí, las dos eran rubias, de pelo lacio, con gafas de soldador, y la misma ropa. Los mismos zapatos de puntera con medio tacón, los mismos leggins de color negro (¿por qué se llaman ahora leggings, si siempre fueron unas mallas?), los mismos shorts vaqueros, la misma camiseta negra de hombreras, y la misma rebequita blanca. Un poco más y hubiera pensado que estaba ante una ecografía en 4D de gemelas univitelinas. Pero no, la cosa no se quedó ahí, sino que nos tenían a un niño de año y medio y a mí boquiabiertos, sin comprender muy bien qué hacían: las dos juntaban sus cabecitas (mejor omito el adjetivo) en postura insinuante y posaban de manera sexy para la foto que se estaban haciendo, sacando la lengua. ¿Qué más decir? No sé, sobran las palabras, por un momento te puedes sentir hasta monja cartuja.

Curiosamente, comentando un día a la hora de comer este afán de la juventud por ir vestida en serie, una compañera de trabajo me dijo que eso no era nuevo, que ella también llamaba a sus amigas cuando tenía esa edad para ponerse lo mismo. De nuevo, me quedé sin palabras. Yo nunca he llamado a nadie para vestirme acorde a ella, es más, en cuanto veo a mucha gente que tiene alguna prenda igual que yo, rápidamente la desecho. Podría sentirme como un bicho raro, pero no: yo lo siento como mi manera peculiar de autoafirmarme como persona. Antes pensaba que no quería ser como el resto, pero realmente, no tengo tal fobia social; más bien pretendo ser yo misma, con lo que implica, es decir, ser única e irrepetible, tener entidad propia. Pero hoy día esto es una rareza, pues las personas, en ocasiones, se preocupan más por hacer lo que se espera de ellos, lo que la sociedad marca como común, lo considerado correcto, lo que evita explicaciones, como si querer desear cosas (dentro de nuestras posibilidades, claro está) fuera una osadía a ocultar. Todos hemos de tener móvil última generación, iPod, coche y piso con zonas comunes y plaza de garage, todos hemos de llevar manoletinas en invierno aunque haya dos grados, todos debemos haber leído El código Da Vinci, y todos debemos escuchar a La oreja de Van Gogh. Todos hemos de hacer lo que todo el mundo: la producción en serie no es sólo cosa de las fábricas. Si tu móvil es una patata, a veces sigues llevando el discman, no tienes carné de conducir, no te has pasado por la mesa de los best-sellers y te dedicas a escuchar a Patrick Wolf y a Natacha Atlas, lo más probable es que tengas que dar muchas explicaciones para que te comprendan, y para qué, la verdad, si no te van a escuchar.

Sartre dijo que si dos personas coincidían en una idea, seguramente se trataría de un error. No son ganas de ser un incomprendido: es reconocer que yo no soy tú, soy otro. Pero ser diferente cuesta.

[Imagen: Le meute, Robert Doisneau]

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Esta entrada fue publicada el 17/09/2007 a las 21:54. Se guardó como Reflexiones y etiquetado como , , , . Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

2 pensamientos en “La identidad o el lastre de la diferencia

  1. Lo que dices tienes razón,pero sepuede aplicaracualquier grupo de edad y/o social. Soy gay, y no soy ni joven ni rico ni guapo, que parecen ser los estereotipos al uso. Pero ambién es cierto que hoy en día existe una libertad inimaginable hace unos años para pder llevar la vida que quieras, y allí está. o puede estar el problema, enfrentarse a uno mismo y desarrollar la vida querida por uno; los demás ya dirán lo que quieran, y al final ¿que mas da lo que opinen si uno es feliz con su vida?

  2. Saludos, Madame Tafetán. Me he leído el blog, y me parece muy sustancioso.

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