Enamorarse (1984), o el arte de ir trajeado

Coger todas las mañanas el cercanías de las 8’30 que va a Segovia tiene un extraño aliciente: con el tiempo, conoces de vista a todos aquellos que van en el tren. Cruzas a diario con ellos la mirada, y con eso te dices todo lo que, durante ocho horas, verbalizas en tu oficina. He dormido mal, esa chaqueta me gusta, sí, me he perfilado la perilla… No sé cómo se llaman, sólo conozco su horario y su parada, y de esa manera, pasan a formar parte de mi vida. Pero, ¿y si alguien te causa más curiosidad que los otros? ¿Hablas con él, sin más?Seguramente, para la mayoría de la gente, una película que se llama Enamorarse, de 1984, es una gran desconocida, y es una pena. Es una película muy bonita, aunque suene muy merengue esta expresión. Por aquel entonces, Meryl Streep y Robert de Niro debieron decidir que iban a hacer un paréntesis entre tanto personaje torturado, e interpretaron a dos personas normales, con “problemas” normales. Son dos desconocidos que coinciden todas las mañanas y todas las tardes en el tren, y que un buen día, en Navidades, confunden unos paquetes entre tanto rebullicio de gente. Pasamos de la conversación insustancial a intercambiarse los regalos equivocados, y de ahí, a enamorarse. No hace falta que cuente nada más porque seguro que ya habrá algún listillo que quiera ejercer de Propp y que ya sabrá lo que ocurre (estaba clarísimo…). ¿Pero por qué es tan evidente? ¿Hay tantos accidentes nimios en la vida real que favorezcan estas situaciones? En absoluto. Deduces lo que pasa porque las películas, en su equívoca educación sentimental, te han enseñado que eso es lo que ocurre, pero en la vida real no es así. No veo yo tan fácil entablar una conversación con mi trajeado favorito… Si tengo que reseñar un rasgo suyo, es el hecho de que todas las mañanas vaya con traje. Como tantos otros, ¿no? Pues no, porque como muy bien explica una de mis compañeras de trabajo, no todos los trajeados son iguales: hay tres tipos. El primero, el más escaso, es aquel que ha nacido para llevarlo, que tiene percha y gusto para ello; el segundo, el más abundante, se ve obligado, y lleva el más barato, que lo gastará hasta que la entrepierna del pantalón se haya desgastado por completo; por último, están los ridículos, los que le quieren dar un toque de modernidad al traje y lo joden con unos zapatos de chúpame la punta o una corbata de los Simpson. ¿Quién no ha soñado a veces con un trajeado? Pero despertamos y decimos, ha sido un sueño, y seguimos pensando que tipos como Jude Law o Rupert Everett no existen, o son fruto del photoshop. ¿Hay hombres reales que lo luzcan igual que estos gentlemen? Pues sí, oye, y se baja en el Pinar de las Rozas. Es verle y sentirte comentarista de moda por un instante, al fijarte en su impecable abrigo negro de cuello alto y cerrado, sus pantalones de raya diplomática, y unos zapatos de hebilla recién cepillados. Semejante visión es única en el andén de Pitis, y el viernes pasado me preocupé, pues pese al calor, seguía llevando el abrigo, cerrado hasta la barbilla. Encontré la disculpa perfecta para hablar con él hoy, si le veía de semejante guisa. Oye, tú, quítate ya el abrigo, que vas a estropear tu aspecto por un repentino olor a sudor… (aunque, a saber, lo mismo suda Farenheit de Dior). Pero no ha sido así. Le he visto esta tarde, de refilón, desde la ventanilla del tren. Ya no llevaba el abrigo. Iba con un traje de color castaña. Seguro que era de lino. Ya me he quedado sin tema-disculpa para hablar con él.

[Imagen: ilustración de Monsieur Z]

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Esta entrada fue publicada el 04/09/2007 a las 15:16. Se guardó como La educación sentimental y etiquetado como , , , , , , . Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

Un pensamiento en “Enamorarse (1984), o el arte de ir trajeado

  1. Las oportunidades se presentan en escasas ocasiones. Es entonces cuando hay que reconocerlas, reaccionar y aprovecharlas. No será como en las películas, pero seguro que no te arrepentirás de que tu vida tenga un toque de color en medio de la rutina.

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